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¿Sientes mucha carga emocional en tus hombros? Mira cómo liberarte de ella

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


¿Qué haces para enfrentar tus cargas? Me refiero a esas cosas que te preocupan, que no puedes evitar, de las que te quejas constantemente y que por una cosa u otra no se van. Hoy te quiero hablar de cómo aprender a lidiar con esas experiencias porque a pesar de todo lo que ocurra hay algo que siempre debes recordar : la vida sigue y no se va a detener porque no estés de ánimo o humor.


En uno de los capítulos de mi libro ¡Despierta!... que la vida sigue, comparto algunas fórmulas que nos ayudan a soportar esas “difíciles cargas” de las que todos nos quejamos aunque sea nada más por estarnos compadeciendo de nosotros mismos y esa actitud nos impide ver con claridad si realmente son cargas insoportables o quejas infundadas. 



Séneca puso el dedo en la llaga cuando pensó: “Lo importante no es lo que sufres, sino cómo lo sufres” ¡Qué impactante!

Piénsalo, es cierto. Por eso es conveniente poner en práctica un hábito que no solamente nos ayude a soportar ese yugo que pensamos tener, sino que nos hará más liviano el peso y nos permitirá ser más tolerantes en esas situaciones o con aquellas personas que de alguna manera te agobian.

Compartiré un hábito muy práctico y muy útil, que además ayudará a cosechar amor en la vida: simplemente, ofrezcan esa carga que significa tener un día difícil, o esa situación que nos agobia, por alguien. Sí, ofrézcanla a Dios por alguien.

Sólo tienes que pensar en alguna persona que “merezca” o “le concedas el honor” de que todo lo que te suceda en ese día, lo vas a ofrecer para que Dios la bendiga. Quizá sea un familiar o tal vez será alguien que ni te conoce pero que tú sí sabes de quien se trata. Puede ser alguien a quien hace tiempo que no tratas y que sin embargo recuerdas con frecuencia.

Si ofrecemos nuestro día por alguien, nos hará ser más pacientes. Nos agudiza la sensibilidad para ser tolerantes y no dar mucha importancia a los sucesos que nos agobian. Problemas nunca habrán de faltarnos, pero si los convertimos en ofrendas por alguien, haz de cuenta que fertilizamos el campo de nuestras acciones y germinarán buenos frutos en recompensa.

Comparto en ese capítulo de mi libro una ocasión en la que me sentía muy presionado por un sinfín de actividades, y además tendría un encuentro con una persona que me era desagradable pero ejercía influencia en un importante proyecto de trabajo. Desde que me había incorporado de la cama, ya me sentía malhumorado e irritable.



Sin embargo, en el trayecto de mi casa a la oficina, me detuvo la luz roja del semáforo y pude observar entre los automóviles a una ancianita que exponía su pellejo ofreciendo chicles a los conductores. La ancianita de esta anécdota vestía ropas de pobre aspecto y era ella frágil y menudita y sin embargo, su expresión y su sonrisa, casi sin dientes, irradiaban seguridad, complacencia, amabilidad y gratitud para quien le tendía la mano.

Cuántas veces nos estamos quejando de “cargas” o molestias insignificantes que nos hacen renegar, nos hacemos quejumbrosos,  insoportables, intratables. Contemplar a esa pobre mujer a la cual no podía ni siquiera comprarle algunos chicles porque el tránsito me impedía acercarme a ella, me hizo razonar en que si no podía hacer eso, al menos sí estaba en posibilidad de ofrecer a Dios, por ella, todo lo bueno o malo que pudiera ocurrirme en ese día. Por ella, para que Dios la bendijera y a mí me diera paciencia, no daría importancia a las incomodidades, a las malas situaciones, a los agobios, a los malos tratos y todos los etcéteras.

Cada vez que alguien o nosotros mismos pensemos que la vida “está muy difícil”, hay que preguntarnos: ¿Comparada con la de quién?

Cuando no haya la posibilidad de consolar a quien tiene un sufrimiento o es agobiado por alguna pena, simplemente piensa y si puedes,  dile: este día, o el día de mañana, lo voy a ofrecer a Dios por ti. Ofrecerle a Dios el día por alguien así, es como pasarle a Él parte de la carga que tienes que sobrellevar y de paso, encomiendas a Él a una persona que lo necesita.

Viéndolo bien, mirando simplemente a nuestro derredor, en realidad no tenemos derecho a estar quejándonos de lo que nos pasa.  Nuestros sufrimientos se achican cuando conocemos testimonios de entereza, de fortaleza y de resignación ante las adversidades.

Nada ganamos con estar quejándonos. Si no somos capaces de enfrentar nuestros problemas con ánimo, quienes nos rodean, quienes dependen de nosotros, nos harán segunda, les contagiaremos ese malestar.

Ante las cargas de la vida, tenemos que actuar, no darnos nunca por vencidos, no perder nunca la esperanza. Digo en mi libro: ¿Sabes cuándo hace fiesta el diablo? Cuando se da cuenta que pierdes la esperanza. Se trepa sobre tu carga para que la sientas más pesada.

Todos cargamos una cruz que puede tomar diversas formas: personas que nos ofenden o molestan; enfermedades; traumas, trabajos pesados, problemas legales o económicos, falta de amor, vicios y muchas vestiduras más. Todos llevamos nuestra cruz y hay que aprender a llevarla.

Si analizamos nuestra vida, nos daremos cuenta de que un 90% de ella está llena de bendiciones. ¿Para qué estar quejándonos del 10% de la cruz? Si nos apoyamos en nuestras fortalezas y no en nuestras debilidades, ya veremos como la carga se nos hará más ligera, cuando todo está oscuro sólo es cuestión de encender la luz.

Ánimo, hasta la próxima. 

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