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¿Conoces a alguien que piensa que nunca se equivoca? Mira cómo lidiar con ellos sin perder la calma

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


- “Yo no fui…” “La que empezó fuiste tú” 
- “¿Enojado, yo? ¡Para nada! La enojada eres tú” 
- “La verdad… no sé por qué eres así. Yo nunca te digo nada. Yo jamás te provoco.” 

“¿Yo? ¿Qué hice?”

¡Don Perfecto! ¡Doña Perfecta! Jesucristo los hizo a mano y resultaron un producto único, sin defectos ni fallas. Todos están mal, menos ellos o ellas. Buscan culpables y no soportan las críticas. Si las cosas salen bien es por ellos, si salieron mal, ¿quién fue?  En cualquier ámbito —profesional, social y familiar— existen y se detectan por lo insoportables que son.


¿En qué momento alguien carece de sensibilidad para aceptar sus fallas y errores? ¿Cuáles factores hacen de la soberbia un hábito?

Lamentablemente, durante los primeros años de vida, los padres cometemos el error de solo reconocer los éxitos deportivos y estudiantiles de nuestros hijos y nos olvidamos por completo de sus cualidades personales. Nos enfocamos tanto en alabar sus éxitos que pasamos por alto la importancia de admirarlos como realmente son, por lo que con el tiempo les exigimos mayores logros profesionales y al no conseguirlos, tendemos a criticarlos duramente. 


Los hijos se exigen demasiado y, por ende, intentan satisfacer a los demás haciendo las cosas siempre bien o lo mejor posible, sin permitirse errores, lo que significaría fracaso o pérdida de aceptación.

Aunque los padres lo neguemos, indirectamente hacemos daño a los hijos al expresar cariño y admiración cuando hay logros importantes. Decirles que siempre pueden mejorar o que siempre hay que poner el máximo esfuerzo, podría considerarse algo saludable pero, como en todo, los excesos son nocivos.

Esas ganas de aceptación por ser perfectos puede acompañarlos el resto de sus vidas y terminar afectando sus relaciones, pues comenzarán a exigir al máximo a quienes los rodean y sobre quienes tienen algún tipo de liderazgo.

Se exigen demasiado a sí mismos y evitan a toda costa las críticas. La justificación de sus actos está presente y evitan la responsabilidad de los errores: siempre encontrarán culpables directos o indirectos.

La gente que se cree perfecta tiene estrecha relación con la soberbia y la vanidad. El escritor y catedrático de psicología, Enrique Rojas, dice que la soberbia es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno en realidad vale, lo cual incluye falta de humildad para aceptar la propia imperfección.  La palabra vanidad procede del latín vanitas, significa “falto de sustancia, hueco, sin solidez”. Se dice también de algunos frutos, cuyo interior está vacío y sólo hay apariencia. En la vanidad, la estimación exagerada procede de fuera y se alimenta del elogio, la adulación y el halago.

La soberbia y vanidad exigen reconocimiento para poder alimentar el amor propio. Y aunque ambas son muy dañinas, la soberbia es la más grave, pues muestra dificultad para descubrir los defectos personales y aceptar las virtudes de los demás, entorpeciendo así, cualquier relación amorosa.   

Hace casi imposible la convivencia, y promueve en los demás el servilismo. Imposible estar bien con los demás, si no estás primero bien contigo mismo. Las recomendaciones son claras en especial para quien convive con alguien que se cree perfecto y no tiene humildad.

1 ¿Estás dispuesto a soportar esa actitud por mucho tiempo?

2 ¿Te visualizas con alguien que no acepta sus fallas y exagera sus cualidades o virtudes?

Algunas recomendaciones adicionales para sobrellevar a este tipo de gente:

1. El perfecto lo es porque alguien le alimentó el ego y se lo creyó.

2. Una dosis de “ubicatex” para hacerle ver sus defectos naturales, mostrándole sus exageraciones al hablar y recodándole que todos nos equivocamos, la perfección sólo la tiene Dios.

3. Al no aceptar su responsabilidad, es saludable decirle qué detectas  cosas que él o ella no ve, pero evitando el conflicto. Descubrir una a una las razones por las cuales crees que debería aceptar su error.  Si al final escuchas un rotundo “no es así” o un “yo no fui”, termina tu diálogo con una mirada y un silencio que exprese más que tus palabras.

4. Pedir la opinión de alguien más ayuda, y mucho. Siempre y cuando se cuiden modo y contenido. Probablemente habrá sentimientos encontrados al quedar en evidencia, pero es justo y necesario, ¿no crees?

5. Otra estrategia es decirle en tono serio: “¿Cómo haces para ser perfecto?”, te aseguro que funciona porque la he puesto en práctica. “Me impresiona que nunca te equivocas y la perfección en tus actos está siempre presente. Nunca causas ningún conflicto. ¿Cómo le haces?”, y luego te hincas y le prendes una veladora a ese nuevo santo sobre la faz de la Tierra… bueno, eso último mejor no.

Como padres tenemos el deber de enseñarles a nuestros hijos la importancia de la humildad, enseñarles que aunque no pueden ir por la vida tropiezo tras tropiezo, los errores son parte de la enseñanza; impulsarlos a conseguir sus sueños sin la exigencia de acumular logros y éxitos y que aunque deben trabajar y esforzarse por mejorar cada día, nadie más que Dios es perfecto. Ánimo y hasta la próxima. 
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