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¿Quieres acercarte a tus hijos y no sabes cómo hacerlo? Sólo tienes que hacer esto…

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


Aunque en ocasiones expresar lo que sentimos es tarea difícil, está comprobado que las crisis se superan mucho más rápido cuando las compartimos que si las guardamos en nuestro interior. Pero si bien sacar nuestros miedos, necesidades e inquietudes nos permite liberarnos de ellos más pronto, es muy importante elegir con quién, dónde y cuándo lo hacemos. Un dolor compartido nos afecta menos pero, indudablemente, entender a los demás representa un verdadero reto por la variedad de creencias, valores, hábitos y costumbres que todos tenemos.

Lo mismo sucede con los momentos felices. Difícilmente los valoramos y sentimos igual cuando estamos solos que cuando estamos acompañados. 



No todos tenemos capacidad para entender a los demás, y eso me recuerda un cuento que me compartieron hace tiempo. Ignoro quién es el autor. 



En un país lejano un príncipe perdió la razón y creyó que era un pavo. Vivía bajo una mesa completamente desnudo y se alimentaba de granos, igual que cualquier ave. Rehusaba comer los ricos manjares del palacio y convivir con los demás miembros de la corte. El rey, afligido y preocupado por la situación de su hijo, hizo llamar a los mejores y más afamados especialistas en todos los ramos de la curación: médicos, magos, curanderos, hacedores de milagros, pero todos fracasaron. El príncipe continuaba graznando, comiendo y viviendo bajo la mesa.


Un día, un sabio desconocido se presentó ante el rey y afirmó que él podía curar al príncipe. Su propuesta fue aceptada y lo condujeron al sitio donde se encontraba el joven. Ante la sorpresa de todos se desvistió, se metió debajo de la mesa junto a él y cloqueó unos minutos.


El joven lo miró azorado, y desconfiado le preguntó: -¿Quién eres tú? ¿Qué estás haciendo aquí? -Mejor dime -contestó el hombre- ¿qué es lo que tú haces debajo de la mesa? -¿Cómo me preguntas eso?¿Qué, no lo ves? ¡Soy un pavo¡ -¡Ah!, ¿qué no te das cuenta? Soy un pavo igual que tú -contestó el sanador. En el momento los dos se hicieron amigos. Así aquel desconocido comenzó el trabajo de readaptación del príncipe. Su primer paso ¿sabe cuál fue?: ponerse la camisa. El enfermo, desconcertado, le preguntó: -¿Acaso estás loco? ¿Olvidas quién eres? ¡No me digas que te gusta ser humano! -¡Por favor! -le respondió-, no creas que un pavo que se viste como hombre deja de ser pavo. Ponte una camisa y lo comprobarás.


Al día siguiente hizo traer alimentos de la cocina real y se dispuso a desayunar. El príncipe, perplejo y molesto, protestó: -¿Qué estás haciendo? ¿Acaso vas a alimentarte y a sentarte en la mesa como cualquier hombre? -Mira, amigo pavo -contestó-, no creas que al comer como hombre, o con ellos y en la misma mesa, un pavo deja de ser lo que es. Date cuenta, no es peligroso para un pavo comportarse como humano. Puedes entrar a su mundo, hacer todo lo que ellos hacen y permanecer siempre pavo.

El príncipe, convencido por las palabras del extraño, se vistió y sin protestar retomó su vida de realeza.


No hay fórmula mágica ni mejor camino para ayudar a otra persona que ponerse en su lugar, comprender su vida mental y su mundo interior con respeto absoluto de sus ideas, valores, costumbres y decisiones. Entender su punto de vista imaginando o haciendo hasta lo imposible por sentir lo que la otra persona puede estar sintiendo. A esto se le llama empatía. Es la capacidad de hacer sentir a la otra persona que su dolor me duele y que su alegría me alegra. 


Cada vez que platico con jóvenes me doy cuenta de la gran carencia afectiva que tienen al sentirse incomprendidos, que sus padres están en otra frecuencia y, por lo tanto, no los entienden. Eso los hace buscar apoyo y guía de personas cuyos consejos pueden resultar verdaderamente lamentables. 


Aplicar la empatía es ponerme en sus zapatos, tratar de ver con sus ojos y de percibir las circunstancias de la misma manera que lo haría la persona a la que deseamos comprender. 

La gente está cansada de que le digamos lo que tiene que hacer, porque muchas veces en el fondo de su corazón lo sabe; el deseo de ser comprendido es fundamental para el desarrollo de la autoestima. 


Un magnífico propósito sería escuchar sin juzgar, hablar sin sermonear, amar sin condición y, sobre todo, tener la firme convicción de hacer sentir a la gente comprendida. Eso es empatía. ¡Ánimo, y hasta la próxima! 

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