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Solo hay algo eterno en la vida, el amor de tu mamá. Esta reflexión cambiará tu vida para siempre

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


Creo que a las madres hay que celebrarlas diariamente. Es impresionante la cantidad de sacrificios y esfuerzos que hacen por sus hijos. A pesar de las quejas, decepciones y buenos momentos, siempre están ahí a nuestro lado, su amor es incondicional. Por si estas palabras no fueran suficientes para reflexionar, quiero compartirte la siguiente experiencia:

Uno de los programas de radio que más me ha impresionado de los que he conducido, fue el transmitido hace aproximadamente un año. Con motivo del día de las madres,  tuve el gusto de invitar y entrevistar a tres de ellas, que lamentablemente eran ciegas. Recordándolas, decidí realizar este artículo como un homenaje a las madres que a pesar de sus limitaciones, han logrado salir adelante y cumplir con su sagrada misión.


El término que más utilizamos cuando nos referimos a quien no puede ver es el de  “invidente” o “cieguitos”, y esa entrevista me impactó no sólo por lo  que ahí platicamos, sino porque pude darme cuenta de  cómo piensan algunas personas que padecen esta discapacidad.




Lo primero que amablemente me solicitaron las madres entrevistadas fue que les llamara simplemente ciegas, porque invidentes no se consideran, ya que “invidente” sería alguien que no puede ver a futuro, por eso no aceptan ese término y menos el de “cieguitas”. ¿Por qué ese diminutivo? ¡Ciegas! y punto.

Desde ese momento mi asombro estaba a flor de piel, obviamente por esa capacidad que  manifestaron para aceptar lo que es,  y no querer disfrazar o disminuir su condición con términos que no vienen al caso.

No es fácil ser mamá; no hay en el mundo labor más reconocida y al mismo tiempo peor pagada que ésta.  Seguro estarán ustedes de acuerdo conmigo en que  ser madre de varios hijos y no tener el don de la vista, es verdaderamente una odisea heroica.


La entrevista se desarrolló de una forma  divertida,  amena y llena de anécdotas acerca de las múltiples aventuras que como madres habían experimentado; de todo lo que habían enfrentado para criar a varios hijos, además de que dos de ellas tenían maridos también ciegos. Estaba yo realmente asombrado y más por ser padre y conocer tantas cualidades y tantas habilidades que tiene que desarrollar alguien que tiene hijos, y que además carece de alguno de sus sentidos.

El momento cumbre de la entrevista fue cuando deliberadamente pregunté a las tres lo siguiente: “Señoras: si ustedes volvieran a nacer y Dios les concediera cambiar algo en sus vidas, ¿qué sería?”. Obviamente mi pregunta era relacionada con el don de la vista. Rosy fue la primera en contestar y dijo: “Yo, a lo mejor le pediría haber tenido más tiempo para estar con mis hijos”. La segunda,  después de pensarlo un momento dijo: “Yo tal vez le hubiera pedido cambiar de marido, porque el que me tocó era muy necio; ya murió”. La tercera me respondió: “Yo,  ¿la verdad?  nada. Yo he vivido muy a gusto”. Después de escuchar las respuestas pregunté que si nadie de ellas pediría ver y las tres al unísono contestaron: “¡No! ¡Así estamos muy bien! Una de ellas, con el buen humor que demostró en la entrevista añadió: “Si no viendo es un desma...! pues viendo ¡Sería peor! Mejor así nos quedamos”.


No sé qué piensen ustedes de esto que les comparto, pero lo que es digno de admirar  es  esa gran capacidad de aceptación, que hace la  diferencia entre muchas personas y más en  quienes padecen esa condición y cumplen ejemplarmente con el llamado de la maternidad.

Cuántos casos hay en los que una madre tiene que adaptarse a su realidad, incluyendo la falta de apoyo de su cónyuge, el poco agradecimiento que se hace a su esfuerzo y la ingratitud de quienes se deben a ella.

Claro, es muy cierto que madre sólo hay una,  y el amor que manifiestan hacia sus hijos es único e irrepetible. Imposible encontrar un amor que se compare.  Cuántas veces  hemos oído a una madre decir refiriéndose a su hijo con frases como: “-Yo sé que anda mal, y que es tremendo… ¡pero es mi hijo!”.


Muchas veces hemos o estuvimos tentados  a cuestionar a nuestra madre: “-¿Por qué a mi hermano lo quieres más que a mí?”. O “-Por qué a él sí y a mí no?”. Tal vez deberíamos comprender que ella sentía que él la necesitaba mucho más que yo, o porque a él le urgía más el apoyo de su madre que a mí. No es común que una madre muestre preferencia por un hijo deliberadamente; siempre hay un por qué; ella lo siente en el fondo de su corazón.

Hay un  dolor muy grande en el corazón de una madre cuando escucha el reproche de un hijo o una hija que creen que pueden comerse el mundo a puños: “-¡Mamá no te metas en mi vida!”, cuando son ellos los que se meten en la vida de ella dañando su tranquilidad para siempre. Una madre deja de pensar en sí misma cuando tiene a su hijo; olvida su beneficio personal anteponiendo siempre el de sus hijos.

Qué difícil es ser madre y tener un comportamiento ejemplar; y más porque los hijos nos convertimos en los jueces más implacables cuando de orden o disciplina se trata. Hoy, más que nunca veo cómo hay hijos que no respetan a su madre; olvidan la gratitud que le deben por el privilegio que tienen de haberles dado la vida y juzgan sin merecimiento sus actos. 


Por las condiciones morales que cada día son más frágiles, los hijos se creen con el derecho de ser exigentes y desconsiderados. Sí,  las madres se enojan, gritan, sufren, se acongojan, protestan, reclaman y muchas cosas más, ¡pero son mamás!  ¡Y qué difícil es serlo!

Sin afán de juzgar, veo cómo nos asombramos y nos escandalizamos  cuando nos enteramos de que una madre trata mal,   golpea o abandona  a sus hijos. Aclaro que no juzgo, porque una madre así, con la culpa que aparece en su conciencia tiene suficiente para sufrir las consecuencias de sus actos. Por eso pienso que ser madre, es una labor sumamente difícil.  Madre, con toda la extensión de la palabra,  es quien cría, atiende, protege, ama, se entrega y se sacrifica por sus hijos, y no siempre es quien engendra.


Madre sólo hay una. Si tienes la gran dicha de que la tuya aún viva, no dudes en expresarle todo el amor y cariño que sientes por ella; no caigas en el error de dejarlo para después; no vaya a pasar que el destino te juegue una de sus rudas acciones y recibas una dolorosa lección por no comprender lo importante que es expresar tu cariño a tiempo.

Sé y me consta que madre sólo hay una por el gran legado de amor que la mía me dejó; por tantos cuidados, ejemplos y recuerdos que de ella guardo, por esa risa contagiosa de inconfundible de su alegría que aún resuena en mis oídos y que me alentará hasta nuestro encuentro.

Porque sin ti no sería lo que soy…¡Gracias mamá!

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