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Con el poder de tu mente con una actitud positiva y NADA podrá detenerte. Mira cómo

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


Recuerdo con cariño el tiempo que ejercí como médico, sobre todo las experiencias que sin duda me dejaron enseñanzas que me encanta compartir con ustedes. El día de hoy quiero contarles una anécdota que me dio una gran lección. La historia comienza así: 

Una paciente en mi consultorio me decía: “Doctor César, nada me quita las molestias. He ido con otros tres doctores que me han recetado muchas medicinas y no se me quitan”. “¿Qué medicinas toma?” -le pregunté. A lo que ella, muy segura, me contestó: “Unas rojitas, unas azulitas y unas de color blanco... ¡Ah!, y otras de color amarillo”… La verdad, no tenía yo idea de cuáles medicamentos eran los que me decía, ¡hay miles con esos colores! Así que le pedí: -A ver, cuénteme, Rosita, ¿qué le duele? Ella parecía un poco desesperada y me dijo lo siguiente: “Empieza con un dolor en el cuello, que es como quemazón, que se me va por toda la espalda. Al llegar a la cadera se me pasa a la pierna derecha y siento como si me pusieran hielo. Luego me llega a las plantas de los pies, donde ahora siento como chile y como que me explota el juanete”.





Estaba yo sorprendido, pues no lograba identificar tan extraños síntomas, y ella me interrumpió para decir que eso no era todo: “El dolor se me sube por la otra pierna y se va poco a poco a la cintura, hasta los riñones, donde se queda por un buen tiempo, y luego se va despacito por el lado izquierdo de mi cuerpo hasta la cabeza, y siento como si me fuera a explotar... ¿Qué será, doctor?” 

Como no sabía yo de qué me hablaba la pobre Rosita, quise investigar un poco más sobre su vida personal, pues muchas veces el dolor físico es reflejo de las carencias emocionales o de los problemas que atormentan a la gente, conflictos familiares, con la pareja o frustraciones sin resolver. Así descubrí lo que realmente ocurría en la vida de la señora. Tras hacerle unas cuantas preguntas, me di cuenta que la ingratitud de sus hijos y la desconsideración de su esposo le provocaban esos extraños síntomas, así que le recomendé lo siguiente: 

Rosita, va a dejar de tomar todas la medicinas que le dieron, las rojitas, las azulitas, las blancas y las amarillitas, y se va a tomar éstas. Son unas vitaminas muy potentes. ¡No se imagina lo buenas que son! Se va a tomar una en la mañana y otra en la noche, y ¡santo remedio! Ya lo verá. Se va a sentir muy bien desde la primera toma. Pero es necesario que además coma más frutas y verduras. Que haga todo lo posible durante una semana para no enojarse y dejar que fluyan la gente sin quehacer y las cosas sin importancia. ¡No se enganche, Rosita!, la vida se le está yendo y usted sufriendo. ¿Lo considera justo?


Al cabo de una semana la señora regresó a mi consultorio por completo distinta; parecía otra persona, pues lucía más relajada y feliz. Al final le confesé la verdad: esas “vitaminas milagrosas” eran en realidad pastillas de azúcar, comúnmente llamadas placebos.

Estos “medicamentos” tienen el propósito de generar respuesta positiva en la persona que los utiliza, ya que aunque realmente no contienen ninguna sustancia activa, funcionan gracias al poder de la mente del paciente y a sus deseos de sanar. 


La primera vez que se utilizaron los placebos fue durante la Segunda Guerra Mundial. El médico Henry Beecher, egresado de la Universidad de Harvard, quien operaba a cientos de soldados heridos, observó el efecto a detalle. En ese tiempo era común usar morfina como anestesia, y al final de la guerra algunos hospitales de campañas militares se quedaron sin reservas. Un día Beecher debía operar a un soldado gravemente herido. Mientras se preparaba vio que una enfermera inyectaba al paciente solución salina, convenciéndole de que era el sedante. El doctor se sorprendió al ver que pudo operarlo sin quejido alguno, como si en realidad le hubieran puesto morfina. 


No cabe duda: lo que uno cree lo puede lograr. Incluso algo tan complicado, como superar el dolor físico e incluso aprender a cambiar hábitos y aceptar a otros, porque creer y querer, es poder. El cerebro y nuestro entendimiento son el arma más poderosa que existe, en conjunto con la esperanza y una actitud positiva. Estos elementos pueden ayudarnos a superar las dificultades de manera más rápida, y esto también lo respalda la ciencia con un par de estudios realizados en la Universidad de Toledo, en Ohio. En uno participaron 2 subgrupos de personas. El primero estaba compuesto por personas con actitud positiva y el segundo, por personas con actitud negativa. A ambos se les administró un medicamento y se les indicó que les haría tener algunas molestias. Para sorpresa de todos, la gente considerada más relajada y positiva presentó muchos menos dolores, en comparación con la identificada como negativa. El subgrupo de “negativos” se quejó más sobre las supuestas molestias. Pareciera como si la programación optimista del cerebro tuviera un efecto bueno en la vida de las personas, sin importar lo que ocurra alrededor; algo simplemente impresionante. 

Ahora imagina si combinas el poder de tu mente con una actitud positiva. ¡Nada podrá detenerte! Reflexiona y toma en cuenta que cualquier dolor, frustración o problema lo puedes superar si pones el mayor empeño y confías en tu capacidad. ¡Ánimo! Les deseo una excelente semana.



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