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Deja ir lo que te lastima pero conserva lo que te enseñó. Aprende a cerrar círculos en tu vida

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


Creo firmemente que todo es pasajero, tanto lo bueno como lo malo, y que justo en el momento en que vivimos cada situación es cuando debemos darle nuestro tiempo, atención y energía; es a lo que se le llama vivir el aquí y el ahora. 

Al cerrar círculos hacemos las paces con el tiempo y nos abrimos paso a nuevas experiencias, en lugar de estar anclados al pasado. 


Hoy quiero hablarte de la importancia de cerrar esos ciclos personales. 

A lo largo de la vida nos encontramos con personas, sucesos, experiencias y etapas que dan color y sabor a nuestra existencia. Hay personas que fueron y serán importantes para nosotros, pero que ya no estarán más. Cumplieron un importante ciclo, porque llegaron y tomaron parte en el reparto y la trama de nuestra película personal.




¿Pero cuántos de nosotros no cerramos ciclos y seguimos viviendo en el pasado? ¿Por qué insistir en recordar lo bien que estábamos antes y lo mal que estamos ahora? 

Una amiga me decía: –Yo quisiera regresar el tiempo, vivir nuevamente la etapa de noviazgo con mi marido. ¡Ha cambiado tanto...! La gente cambia y nos negamos a aceptarlo. 

Tomaré de ejemplo también la etapa escolar; sin duda fue y seguirá siendo inolvidable; sin embargo a veces perdura tanto en la memoria esa vivencia, que se traduce en inmadurez y en incapacidad de dejar ir lo que ha terminado, y aunque los recuerdos son para siempre, es importante identificar que serán sólo eso: recuerdos. 

No vivir cada etapa plenamente o no aceptar que éstas son ciclos con un inicio y un final, ocasiona en algunas personas una frustración tal, que fomenta inestabilidad. Son personas que además suelen entrar repentinamente en otro ciclo sin haber cerrado el anterior, convirtiéndose todo esto en una bola de nieve, que suma y arrastra situaciones inconclusas de su vida.


Para ejemplificar lo anterior, situémonos en el caso de un matrimonio. El hombre, por querer seguir siendo el joven rebelde e impulsivo que siempre fue, provoca que su mujer lo vea como inmaduro e irresponsable, encendiendo conflictos que difícilmente pueden ser sofocados, es muy probable que acaben siendo la típica pareja en la que el marido parece un hijo al cual ella debe criar.

Entonces, ¿qué podemos hacer para cerrar estos ciclos en la vida? Estar plenamente conscientes de que vivimos fases que tienen comienzo y final ayuda a entender que hubo etapas que tuvieron su importancia, pero que se presentan nuevas oportunidades, valiosas también, y debemos recibirlas con actitud renovada y apertura.


El proceso de cambio implica, además, reconocer que no somos seres de actitudes permanentes. Sin embargo, nos resistimos a aceptar los cambios, nos aferramos a seguir haciendo lo de siempre, por comodidad, miedo o incluso ignorancia.

Seguro tú, como yo, has escuchado a alguien decir:

–¡Siempre he sido así! ¡No quieras cambiarme!

Esa es una de las afirmaciones más cómodas y mediocres que alguien puede hacer. Por naturaleza, todos podemos cambiar; todos necesitamos cambiar, porque, al no hacerlo, entramos en un ciclo sin final que, con el tiempo, nos ocasiona estrés, frustración y apatía profunda. Nos impide evolucionar y gozar plenamente del aquí y el ahora. Ya lo dijo Heráclito, filósofo griego: “Nada es permanente, con  excepción del cambio”. 

El trabajo dignifica, fortalece y nos da lo necesario para vivir. Trabajar en algo que no nos satisface del todo es un reto. En ese caso la conciencia plena de una vida con ciclos entra en acción: ¿cómo puedo hacer que mi trabajo me guste más? ¿Qué cambios o acciones puedo realizar para sentir la satisfacción de disfrutar lo que hago? Cierra ciclos. Si es necesario cambia de rutina, mueve el escritorio de lugar, cambia tu forma de tratar a los demás... empieza a hacer cambios poco a poco, primero por cosas pequeñas, no tan significativas al grado de representar un problema. Ahora viene bien recordar al gran genio Albert Einstein, con la siguiente frase de su autoría: “Si quieres hacer cosas distintas, no hagas siempre lo mismo”.


¡Tira la vaca al precipicio! En las conferencia en las que hablo de cambio o cierre de ciclos me gusta contar la siguiente historia, de la cual desconozco el autor, y a ti que me estás leyendo, también te la quiero compartir:

Había un gran maestro que, en compañía de uno de sus discípulos, visitaba comunidades muy pobres y entregaba bolsas con alimento a quienes veía que más lo necesitaban. Llegaron a una casa en la que la pobreza era notable. Se anunciaron en la puerta y se asomó una mujer con signos evidentes de desnutrición. El discípulo se consternó al ver la escena completa: una casa casi cayéndose, y sus habitantes en pobreza impresionante. Le partió el alma.


– Señora –dijo el maestro–, le traemos este frijol y este arroz que de algo le han de servir.

– ¡Gracias, señor! ¡Bendito sea Dios! –respondió la mujer–. No se imagina cuánto necesitábamos mi familia y yo esta ayuda.

– Señora –agregó el maestro–, ¿qué les ha pasado?

– Mi esposo se dedicaba al campo –contestó llorosa– y mis hijos le ayudaban; pero no ha llovido desde hace tiempo. Ahora no tenemos ni para comer.

– Entonces ¿de qué viven? –preguntó el maestro.

– Gracias a Dios tenemos aquella vaca que está pastando en la colina. De la leche que nos da tomamos un poco, y el resto la vendemos entre nuestros vecinos. ¡Bendito sea Dios que tenemos esa vaca! Aunque no es suficiente, ¡no sé qué haríamos sin ella!

El maestro dirigió la vista hacia donde estaba la vaca. Se quedó pensativo por un momento y se despidió de la mujer. Se alejó de la casa acompañado de su discípulo, y se dirigió a la colina donde se encontraba la vaca. De repente, le ordenó al alumno:

– ¡Arroje la vaca al acantilado! 

– ¿Qué? –respondió espantado el muchacho–. ¿Pero qué me está pidiendo, maestro? ¿Qué, no se da cuenta que es lo único que tiene esa familia? ¡Jamás lo haría!

– ¡Obediencia! –advirtió el maestro–. ¡Aviente usted esa vaca al voladero!


El maestro continuó su camino sin decir una palabra más. El chico, después de pensarlo y siguiendo su consigna de obediencia, con gran esfuerzo arrojó la vaca al voladero, la cual por supuesto terminó muerta.

Pasaron algunos años y aquel alumno no pudo olvidar tan desagradable misión. Un día se presentó con el maestro y le confesó:

– Maestro, desde aquel día no tengo en paz mi conciencia. He decidido adentrarme en las montañas donde vivía aquella familia para corregir mi error y el gran daño que les causé. No dejo de imaginar la terrible situación que estarán padeciendo.

– No sé a que te refieres –le respondió el maestro.

– ¿Cómo, maestro? –replicó el discípulo–. ¡No puede ser que tan fácilmente haya olvidado una falla tan grave!

– Bueno –objetó calmadamente el maestro–, si eso te da paz, ándate a las montañas.

El joven se fue, y al llegar al lugar donde pensaba encontrar aquella choza en ruinas, descubrió una casa bonita, decorosa, limpia. Se consternó al presentir que, por su infortunio, la familia se había mudado de lugar. Tocó la puerta y le abrió una mujer de rostro amable y sonriente.

– Señora –explicó–, estoy buscando a una familia que vivía aquí y a la que conocí hace algunos años.

– Pero, señor –respondió la mujer– tenemos más de treinta años viviendo aquí.

– No puede ser –insistió el muchacho–. Yo vine hace algunos años con mi maestro, a traer alimento a la familia que vivía aquí, aunque la casa parece no ser la misma.

– ¡Ah! ¡Claro que los recuerdo! –aclaró la mujer–. ¡Pase! ¿Cómo olvidarlos, si ustedes nos ayudaron en tan terrible situación? ¡Fue exactamente el día que se nos desbarrancó la vaca! 

- Señora –interrumpió el joven–, precisamente por eso vengo.

– ¡No, señor! No se imagina cómo sufrimos mi familia y yo porque con la poca leche que nos daba, subsistíamos, y ya nos habíamos acostumbrado a vivir así. Pero bendito Dios que se mató la vaca, porque desde ese día mi esposo buscó qué hacer. Encontró un muy buen trabajo en el pueblo; mis hijos le ayudan y si usted viera ¡qué bien nos ha ido! ¡Bendito sea Dios que se mató la vaca!


Analiza esta historia y saca tus propias conclusiones. Identifica la vaca en tu existencia para salir de tu zona de confort y recibir todo lo bueno que la vida te tiene preparado.

¿Qué ciclos de tu vida necesitas cerrar? ¿Cuántas buenas oportunidades se te han escapado por no dejar atrás el pasado y vivir nuevos ciclos? Quizá sea difícil poner punto final a esa experiencia, pero a veces es necesario pasar por esa tempestad, como esta familia con su vaca muerta.

Te lo dejo de tarea.

¡Ánimo, y hasta la próxima!

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