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Nada dura para siempre. Aprende a sacar lo mejor de cada situación y a disfrutarlo

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


La capacidad humana no tiene límites; todos poseemos un increíble potencial que puede ser usado a nuestro favor, pero en ocasiones somos víctimas de ese talento y muchas veces magnificamos lo que nos sucede, damos demasiada importancia a un suceso y, además, agregamos de nuestra cosecha para terminar siendo protagonistas de una historia sumamente dramática. Solemos caer derrotados antes de tiempo o dedicamos gran parte del día a repasar sucesos fatales, que llenan nuestra mente de angustia y la mayoría de las veces son imaginarios, perdemos energía y nos desgastamos en cosas que no valen la pena.



Hay que tener presente siempre que no todo está a nuestro alcance, así que lo mejor que podemos hacer es relajarnos y ser pacientes cuando la ocasión lo amerite, o actuar de manera prudente si así se requiere. Por eso hoy quiero compartir con ustedes una valiosa historia que escuché años atrás, la cual creo ilustra claramente la manera en que debemos ver todos los acontecimientos de la vida: 



Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

He ordenado que me confeccionen un anillo de oro, y para ello escogí uno de los más hermosos diamantes. Quiero guardar oculto ahí un mensaje, un consejo al que pueda recurrir cuando sienta desesperación extrema, cuando me sienta perdido. Que en el futuro sirva también a mis herederos y a los herederos de ellos. Tiene que ser breve, de manera que quepa bajo el diamante del anillo. Quienes escucharon al rey eran sabios, grandes eruditos que podían haber escrito extensos tratados, pero consideraban poco menos que imposible hacer un mensaje de no más de dos o tres palabras, que diera una solución en momentos críticos. Pasaron largas horas discutiendo, hojearon todos sus libros, consultaron a los magos del reino, pero nada se les ocurrió.


El rey tenía en el palacio a un anciano como sirviente, que también había atendido a su padre; cuando la madre del rey murió ese viejo cuidó de él. Desde entonces lo trataba como si fuera de la familia y le tenía gran respeto.

Por ello quiso consultar también a su anciano protector. El hombre lo escuchó atentamente y respondió con tono pausado:

–Majestad, no soy sabio, ni erudito, ni académico, pero conozco el mensaje.

Durante mi larga vida en el palacio he tratado con gente de toda clase y en cierta ocasión conocí a un místico; era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio; cuando se despidió del palacio, como gesto de agradecimiento me dio unas monedas y este mensaje. El viejo escribió algo en un diminuto papel, lo dobló y luego pidió al rey el anillo, abrió el pequeño compartimiento bajo el diamante, guardó el mensaje y dijo a Su Majestad:

–Ábrelo sólo cuando sientas que todo está perdido, que nada tiene solución, que no tienes escapatoria alguna, que tu vida está en peligro.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido por tropas enemigas; el rey tuvo que abandonar su reino y huir a caballo para salvar su vida, mientras los rivales lo perseguían. Cabalgaba a todo galope, desesperado y temeroso, y se vio de pronto al final del camino, al borde de un precipicio. En la desesperación pensó que el fin había llegado, que no tenía escapatoria y que moriría en manos de sus adversarios.


Mientras trataba de dominar la cabalgadura vio que los rayos del sol resplandecían en el diamante del anillo y pensó que era el momento de conocer el mensaje que el viejo sirviente le había confiado. Sacó el papel y encontró estas palabras: “Esto también pasará”.

En tanto repasaba una y otra vez aquellas palabras sintió un gran silencio en su entorno, buscó a sus enemigos y no los encontró; nunca supo si se perdieron en el bosque, si abandonaron la persecución o se los tragó la tierra, pero se sintió libre. Guardó el mensaje en el anillo y se refugió en una cueva mientras sentía en su corazón profunda gratitud hacia su sirviente por haberle dado ese poderoso mensaje.


El tiempo pasó, el rey reunió a sus soldados y reconquistó el trono. Después de la batalla hizo su entrada triunfal, en medio de música y aclamaciones. Mientras desfilaba en un carruaje abierto rumbo al palacio, reflejaba en su rostro el orgullo por la victoria.

Sentado junto a él en el carruaje iba el anciano sirviente, quien en medio de la euforia le susurró en el oído:

–Creo que este es un gran momento para que saques el mensaje de tu anillo y vuelvas a leerlo.

¿Por qué ahora? –replicó el rey–. Estoy celebrando mi victoria, me siento feliz, la gente me aclama, ya no estoy al borde de un precipicio; además, ya ni recuerdo qué dice.

–Precisamente por eso –advirtió el anciano–. Ese mensaje fue escrito para ser efectivo no sólo en situaciones apremiantes; también es muy valioso para que lo tengas en mente cuando la vida, como ahora, te llena de felicidad, cuando todos tus súbditos te aclaman y te veneran; cuando te crees invencible.

Con una mirada de reproche al sirviente, abrió el anillo y volvió a leer el mensaje: “Esto también pasará”.

Entre toda aquella algarabía el rey sintió de nueva cuenta el silencio y la paz que llenaron su corazón cuando se sintió libre, y entendió entonces el verdadero contenido del mensaje. El orgullo y la prepotencia salieron de su alma y se sintió iluminado.

Al ver aquella escena el anciano sirviente repasaba en su pensamiento esta sabia lección: “Debemos recordar siempre que todo pasa. Como el día y la noche, nada es permanente. Hay alegrías y también tristeza, y debemos aceptarlas como parte de la dualidad de la naturaleza, porque son la naturaleza misma de las cosas”.

Ni lo malo ni lo bueno duran para siempre, hay que tener en mente que está en nosotros afrontar las adversidades de la mejor manera, pues pronto se habrán alejado dejándonos valiosas experiencias; pero tampoco pienses que la felicidad y los logros serán eternos, pues ambos tienen el mismo propósito: enseñarnos que la vida tiene cientos de facetas, y que de todas podemos aprender algo, en algunas la paciencia, en otras la tolerancia a la frustración, pero también que el amor y una buena actitud hacen la diferencia. 

Te deseo mucho éxito en este día. ¡Ánimo, y hasta la próxima!
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