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Todo lo que llega a tu vida tú lo atraes a ella. Mira cómo usar las palabras a tu favor

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


¿Cuántas veces te has puesto a reflexionar en tus palabras? Frases como “no puedo” o “sí puedo” tienen gran poder, y hoy quiero invitarte a que lo conozcas para que sepas cómo emplearlo en tu vida. Estoy seguro que mucho de lo que te ha ocurrido recientemente lo has atraído, pero al tener conciencia sobre cómo influye lo que dices, tu vida puede dar un giro impresionante.



“Imposible… nunca podré hacerlo”.
“Jamás perdonaría algo así…”
“Nada más quiero ver casada a mi hija y, si quiere Dios, que ya me recoja”.
“¡Me vas a matar de un infarto!”



Siempre he creído que las palabras tienen poder, a tal grado que pueden afirmar lo que deseas o rechazas, dependiendo de la intensidad y la seguridad con que lo impongas.

Igual sucede cuando alguien utiliza esas mismas afirmaciones en positivo:


“Si otro pudo, ¿por qué yo no?”
“¡Claro que voy a salir adelante con este problema!”
“No me daré por vencido”.

Es importante estar consciente de que las palabras NO se las lleva el viento. Entre más repetimos una idea más la enganchamos en la mente y el corazón, de manera que puede dirigir nuestra vida para bien o para mal.

Usar las palabras a nuestro favor no siempre hará que se cumpla todo lo que queramos, pero sí influirá para mantener actitud positiva ante cualquier situación, y sucederá completamente lo contrario si las empleamos de forma negativa.


Recordé a un reconocido actor con más de 50 años de trayectoria artística en cine, teatro y televisión. Un día le preguntaron si le gustaría morir en el escenario, como muchos otros actores han dicho, y contestó con una gran sonrisa: “¡Ni lo mande Dios! ¡Claro que no! No pienso en la muerte porque tengo muchas cosas que hacer todavía, y dentro de mis planes no está morir de forma tan grotesca, delante de tanta gente. Ha de ser espantoso estar tirado ahí, cuando la gente pagó un boleto para ver un espectáculo y no precisamente tu muerte”. Y agregó: “Cuando la muerte llegue será en el momento que deba llegar”.


Hace tiempo en mi querido Monterrey apareció una nota periodística respecto de un joven que amaba el mundo del motociclismo. “Tenía esa afición desde los 14 años”, comentó su padre. “Un día dijo: «Si muero quisiera que fuera arriba de mi moto». Y se le cumplió a mi hijo”.

El joven de 25 años perdió la vida una madrugada, al impactar su motocicleta contra la base de un señalamiento vial. Cualquiera podría adjudicar lo anterior a una lamentable casualidad, lo cual puede ser verdad, pero “casualidades” de ese tipo las escucho con frecuencia.


Hace 12 años conocí a un matrimonio con 57 años de casados. Una relación admirable por el gran amor y respeto que se profesaban. Ella hablaba de él siempre con ternura y admiración; aprovechaba cualquier ocasión para hablar de lo bueno que era su esposo y lo mucho que agradecía a la vida por haberlo puesto en su camino. Él, por su parte, siempre la hacía sentir amada; jamás dejó de ser caballeroso y atento. Hasta el final estuvo al pendiente de lo que pudiera necesitar.

Quienes los conocimos siempre admiramos los detalles que los unían. Un día él dijo que jamás podría soportar la muerte de su amada esposa; que estaba seguro de que si algo le sucedía a ella su corazón no lo soportaría. La bella señora falleció de un infarto y el día que la enterraron murió él.


La mente es como una lámpara maravillosa que siempre está lista para darnos lo que más deseamos. Hubo un tiempo en que dudaba yo de este concepto, pero precisamente en mis tiempos de estudiante aprendí una gran lección. Cuando expresaba muy entusiasmado a mis amigos mi deseo de entrar a la Facultad de Medicina, muchos me decían: “Te aseguro que batallarás horrores con la materia de anatomía. ¡Esa materia es un filtro! Todos la reprueban, no te vayas a deprimir cuando suceda.” 

Entré a la escuela recordando con mucho miedo esa predicción. Desde los primeros días de clase en esa materia estaba seguro de que iba a reprobar. ¿Y qué sucedió? ¡Obvio! ¡Concedido! Reprobé no en una, sino en dos ocasiones; en los exámenes me bloqueaba de una forma difícil de explicar y olvidaba las respuestas que sí sabía. 

Las palabras tienen fuerza poderosa y las podemos elegir en forma constructiva, con frases de aliento, o de manera destructiva, con expresiones negativas. Pueden sanar, dañar, motivar o destruir.


Me gusta la comparación que hace el doctor Joseph Murphy, miembro del Centro de Investigación Andhra, de la Universidad de la India, por la unión que establece de las palabras con la mente consciente y subconsciente:

La mente consciente es como el capitán que dirige su barco, dando órdenes a los hombres al cuidado de las máquinas y a los encargados de controlar los instrumentos para el buen funcionamiento de la nave. Los técnicos y los servidores situados en la sala de máquinas siguen las instrucciones de su jefe sin saber por dónde van. Llegarían a estrellarse contra las rocas si él les diera órdenes erróneas. Los miembros de la tripulación no discuten, se limitan a cumplir sus instrucciones. El capitán es líder de su embarcación y todos lo obedecen sin protestar.


La mente consciente es el capitán de tu barco, es decir de tu cuerpo y de todos tus problemas, asuntos y conflictos. Tu mente subconsciente recibe las órdenes, y tu mente consciente las cree y las acepta como verdaderas. Cuando te digas repetidamente: no lo puedo comprar, no puedo hacer ese viaje o jamás me curaré, tu mente subconsciente seguirá esos mandatos, permitiéndote hacer tu vida aunque te falten todas esas cosas.

Tu mente subconsciente trabaja 24 horas al día, haciendo provisiones en su beneficio, derrama, acumula y deposita el fruto de tu pensamiento cotidiano.

¡Cuidado con las palabras que decimos conscientemente, porque se convierten en órdenes para el subconsciente! Recuerda esto siempre que quieras expresar un deseo o cuando enfrentes una dificultad, eso marcará la pauta para el resultado que obtengas. ¡Ánimo, y hasta la próxima!
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