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¿Eres realista o pesimista? Acostumbrarse es morir en vida. Recupera la fe y atrae lo mejor a tu vida

AUTOR DR. CÉSAR LOZANO


Antes de tratar de resolver un problema observamos el panorama para buscar la solución, o nos conformamos diciendo que no hay nada que hacer. Más o menos así es la diferencia entre ser realista y ser pesimista, y ese es el tema que quiero compartirte en este texto.

Siempre trato de encontrar el lado bueno a lo que se considera malo, de buscar oportunidades donde los demás no las ven. Considero que la suerte es aliada de quienes trabajan y ponen un valor agregado en lo que hacen. Las personas a las que consideramos con suerte son las que aprovechan los tres ingredientes que hacen la vida más llevadera y fructífera: fe, preparación y oportunidad.





He promovido durante mucho tiempo que debemos adquirir el hábito de enfocarnos en lo positivo de las circunstancias, a pesar de que las dificultades nos impidan ver lo bueno que  podemos obtener de  ellas. Me resisto a caer en la tentación de ser tan “realista” que me imposibilite para apreciar tantas bendiciones que recibo a cada momento. Sin embargo escucho variados argumentos que chocan con mi afán de llevar una vida con optimismo. 

Nunca falta quien me diga: “Estoy de acuerdo con lo que dices, pero siempre he sido realista y eso me ha impedido ser feliz”. O bien: “Lo que pasa es que hay gente mala y es la culpable de tanto sufrimiento que hay en el mundo”. Alguien más dice que el mundo va de mal en peor y que el fin está próximo.


Todos conocemos personas que aseguran que la vida es una carrera de obstáculos, un sinfín de problemas, y que la única clave es intentar sobrevivir. Tampoco se trata de ver todo color de rosa. Cegarnos ante la verdad en ciertas situaciones y querer evitar el dolor a través del autoengaño es un gran riesgo, según los psicoanalistas. Aunque es una técnica muy utilizada para la motivación y funciona, puede causar conflictos a largo plazo.

¿Dónde está la división entre realismo y pesimismo? 

Es una línea muy delgada, casi invisible; tan intangible que brincamos de un lado a otro de la misma con mucha facilidad. 

La pobreza es una realidad, como lo es la gran indiferencia para tratar de combatirla cuando se usan argumentos como el de que “pobres siempre habrá”. Con pretextos de este tipo aceptamos esa realidad diciendo que es inevitable. Entonces caemos en el pesimismo y optamos por cruzarnos de brazos pensando que es irremediable, cuando en realidad todos podemos hacer algún esfuerzo por ayudar a alguien, compartir lo que tenemos con quien carezca de lo indispensable para vivir.


La violencia es otro mal que día con día se incrementa en nuestro entorno social; nos afecta a todos, está presente en cualquier nivel, con diferentes matices. Soy realista al aceptar que existe, y pesimista cuando creo que seguirá creciendo no obstante los esfuerzos que hagamos por abatirla. Para que haya violencia tiene que haber predisposición en las personas, y ésta se da en la falta de valores sólidos que deben ser impartidos en la familia y afirmados a través de los años escolares.

No debemos ser presos del pesimismo y pensar que nada podemos hacer o aportar para erradicar la violencia. Es importante enfocar nuestro esfuerzo y crear conciencia, primero en la familia, después en la gente que nos rodea y, finalmente, en todos los círculos de nuestra sociedad. Oscar Wilde dice que “el mejor medio para hacer buenos a los hijos es hacerlos felices”.


Todos podemos contribuir para evitar la violencia siendo más pacientes y consecuentes. La violencia se inicia muchas veces en actos llenos de ira entre nosotros mismos, y la fomentamos al tratar mal a nuestra pareja, a nuestros hijos, hermanos y compañeros de trabajo. Son acciones negativas que se van acumulando, y que tarde o temprano explotan en otros ámbitos de nuestra vida. Tú y yo podemos evitar el pesimismo frente a los actos de violencia, modificando nuestra forma de actuar y sembrando constantemente pequeños actos de amor para con nuestros semejantes. 

Es una realidad que muchas personas viven en el terrible estado del conformismo, se conducen haciendo las cosas al “ahí se va”, en lugar de hacerlas lo mejor posible y ponerles, además, un valor agregado. Es cierto que la cultura ha tenido mucho que ver en esto. Soy realista al aceptar que desafortunadamente la ley del mínimo esfuerzo es parte de la vida de muchas personas. Sería un pesimista si me pusiera a imitarlas. Una conducta no debe ser un destino; la gente puede cambiar para bien y una fuerte razón es por imitación. Permíteme compartirte esta breve historia que ejemplifica la influencia de la imitación...

Monterey, California, se caracterizaba por la gran cantidad de pelícanos que ahí habitaban. Con el paso del tiempo el número de estas aves aumentó considerablemente, debido a las industrias relacionadas con el procesamiento del pescado que se fueron instalando en la región. Los desechos eran grandiosos festines alimenticios para ellos. Pero ocurrió que dichas empresas fueron cerrando debido a la disminución en la demanda. Los ecologistas advirtieron un gran problema: los pelícanos se habían acostumbrado a tener su alimento sin batallar, sin necesidad de tirarse en picada para sacarlo del mar, por lo que perdieron su destreza para cazar y debido a la escasez de desechos fueron muriendo de hambre.


¿Cuál crees que fue la solución? Importaron pelícanos de otras zonas, para que los locales vieran y aprendieran de nuevo a cazar para alimentarse, y recobraran el hábito y la destreza para conseguir el sustento.

¿Cuál es la moraleja de esta historia? Que lo mismo puede ser aplicado en nosotros, que somos seres “pensantes”. Caer en el pesimismo sería aceptar los malos hábitos y las conductas dañinas como un proceso normal. Actuar en forma pesimista es convertirnos en parte del problema y no en solución del mismo. Actuar con pesimismo es aceptar, por ejemplo, que los jóvenes de hoy son problemáticos y desconsiderados, sin poner nada de nuestra parte para comprenderlos y ayudarlos a ser hombres de bien.


Soy y quiero seguir siendo optimista, e intento siempre predicar con el ejemplo y con una fuerte dosis de amor hacia mis semejantes, tratando de aprender continuamente de quienes han logrado hacer de lo ordinario, algo extraordinario.

Siempre debemos ser realistas, nunca pesimistas. Aceptemos que todos tenemos que afrontar retos en la vida, y que el optimismo nos motiva a emprender acciones realmente positivas. Quiero ser realista, pero también optimista.

¡Ánimo, y hasta la próxima!

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